La paciencia: esa virtud olvidada.

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Decir que la paciencia no está de moda admite poca discusión. Lo vemos a diario en el comportamiento de niños y adultos. El tiempo que nos mantenemos concentrados en lo mismo es cada vez menor. Saltamos de una actividad a otra y si el resultado no es simple e inmediato simplemente lo dejamos. Analizo muy brevemente las consecuencias de esto a la hora de invertir.

Por una parte es fundamental entender que las empresas deben acomodarse a la falta de paciencia del consumidor y en general de los mercados a los que sirven. Francamente no entiendo muy bien la necesidad de, por ejemplo, recibir un producto comprado online al día siguiente cuando a lo mejor nos ha costado semanas decidirnos a comprarlo. La exigencia debería ser mas “justificable” en un entorno profesional donde no recibir una entrega con rapidez puede significar ineficiencia.

En cualquier caso, a la hora de analizar empresas es muy importante ver como se las apañan para servir sus productos de forma simple y rápida. De no hacerlo habrá un competidor que si lo haga y se quede con esas ventas. Cualquier empresa moderna tiene que tener una web fácil de usar y un servicio de entrega muy eficiente. El ejemplo obvio es Amazon con servicios como Prime y una web simple que facilita e incrementa las ventas. Tener stock disponible y moverlo con rapidez es esencial y no es tan sencillo. La impaciencia del cliente pone presión en los beneficios y obliga a tener una cadena de aprovisionamiento extremadamente flexible.

Siendo lo anterior importante más lo es en mi opinión nuestra paciencia como inversores. Si tuviese que elegir la expresión corta más importante para el pequeño inversor elegiría sin duda “largo plazo”. Me gusta poner el límite de lo que significa largo plazo en 10 años. ¿Mucho? Creo que no. Invertir es como ver crecer un árbol. Requiere mucho tiempo. Y por tanto mucha paciencia. Recordemos que las buenas inversiones son aburridas. De verdad que lo son.

Puedo decir desde la experiencia personal que la gran mayoría de mis errores de inversión (vistos a toro pasado) se debieron a la precipitación. A vender demasiado pronto. Incluso en ocasiones donde hubo beneficios, estos fueron raquíticos comparados con lo que podrían haber sido esperando algo más. No hablo de años, que también, sino a veces de meses.

La impaciencia tiene múltiples síntomas. El más destacado es mirar las cotizaciones de empresas o índices catorce veces al día. Lo sé, os veis reflejados en este ‘vicio’ del inversor impaciente. Aprovechando echo un poco de sal en la herida. ¿Que levante la mano el que no haya sentido un sudor frío recorriéndole la espalda si un índice baja más de un 3% o una acción más del 10%? ¿Nadie? Me lo temía. Estar informado sobre los mercados es una cosa, esperar que pase algo en cuestión de horas es otra muy distinta.

Otro síntoma es cambiar de estrategia de inversión en un plazo menor al requerido por el sistema precedente para dar resultados. La prensa, los blogs, las redes sociales y los brókers tienen buena culpa de este padecimiento. Sin olvidar, naturalmente, a algunos cuñados y amigos. De fondos value a ETFs por sectores, de estos a fondos especializados (biotecnología y cosas así), ahora vendo estos que no van a ningún lado y me paso a una cesta pasiva… Cualquiera de esas alternativas (todas válidas) dejadas indefinidamente en “comprar y mantener” van a dar mejores beneficios que esta táctica nerviosa del “saltamontes”.

Personalmente pienso que hay que tener una estrategia bien pensada y sobre todo bien definida y seguir con ella durante periodos muy largos de tiempo. Lo de “bien definida” es esencial para evitar los vaivenes psicológicos. Seguir con el plan. En los términos establecidos en su momento. Como mucho hacer pequeñas mejoras, también bien definidas y también para seguirlas el máximo tiempo posible. Y en caso de duda, no cambiar nada.

La impaciencia puede haberlo invadido todo, pero si dejamos que invada también la inversión de nuestros ahorros lo pagaremos con rentabilidades mediocres. Incluso con pérdidas.

Recordar para terminar un episodio de CSI Las Vegas en el que tras haber analizado todas las pruebas disponibles no se puede concluir gran cosa y sólo queda esperar a que haya nuevas pruebas. Eso implica que el criminal actúe de nuevo. Un miembro del equipo argumenta que “hay que hacer algo” y Grissom sentencia: “a menudo lo más difícil es no hacer nada”. Sentencia que el guionista tomó prestada de Oscar Wilde:

“To do nothing at all is the most difficult thing in the world, the most difficult and the most intellectual.”

Pues eso pasa con la inversión. No hacer nada es frecuentemente rentable y debería ser la acción tomada de forma consciente y deliberada, pero esto es sumamente difícil.

 

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